Blanco, puro, cristalino, reluciente. Ascéptico. Al final del pasillo, una luz quemaba. Asombrosamente, no había ruidos, exceptuando los chillidos naturales de la aparatología de terapia intensiva.
El sol se derramaba sobre el piso marmolado y las paredes lustrosas, encegueciendo la visión del ventanal. Es decir, que parecía no tener fin, sino que era la luz del túnel. La enfermera, como de paso, clausuró esa visión beatífica. Las cortinas eran pesadas, blancas, pero gruesas como mantas. Todo quedó inundado de un sepia claro, aun la enfermera con su cofia blanca y su vestido, sus medias y zapatos altos, tan de fotografía, tan arquetípica, como al pasar cerró el cortinado con delicada firmeza.
Solamente, cuando ingresaba alguien o cuando egresaba (en este caso, tal afirmación suele implicar el adverbio “definitivamente”) había algún movimiento en los pasillos, pero nunca ruido. El silencio domina todo en los nosocomios (perdón por el término periodístico), en los sanatorios donde la enfermedad toma consistencia concreta y se pierde ese valor abstracto de la semántica. La enfermedad, como una señora vieja a la que no deberíamos molestar, se pasea por los pasillos, ansiosa por esperar a su hermana mayor. Aislamiento, silencio y ausencia de color, ¡bello prefacio de la muerte!. Tal vez, en otros sectores de esa lujosa clínica privada, con pisos pulidos, mármoles y reproducciones de paisajes sutiles y colores leves, reciban vida. Tal vez, sólo para objetivizar futuras muertes.
Las enfermeras medían y preparaban inyecciones y platitos con pastillas.
-¡Que la salven! ¡Pendeja de mierda!- de golpe, se escuchó un grito desencajado cuando el ascensor comenzó a abrirse- ¡No me va a cagar a mí! ¡Que la despierten, la revivan, qué se yo!. ¡No pago una fortuna para que me ensucie! ¿Dónde carajo hay un médico? ¡Mierda!-
Los gritos salían de una mujer enfundada en un vestido ajustado, que mostraba una figura deliciosamente fresca. Gesticulaba ampulosamente y, en su cara, un rictus similar a una sonrisa impostada. Tras de ella, un hombre enorme de traje negro y anteojos oscuros con una remera ajustada y brillante, cargaba a una chica de unos dieciséis años, linda, algo pesada y totalmente muerta. Ésa es Pilar, su madre y el guardaespaldas de ella, el “hombre pija”, como le dice la chica.
-¿Dónde mierda están los médicos, acá?. ¡Pero, che! Una fortuna en este hospital de mierda...-
-Señora Blanchet, no grite, por favor.- dijo con firmeza pero tranquila la enfermera jefa de piso, con esa voluntad y decisión que sólo tienen las enfermeras jefe.- Acá hay gente realmente grave. Debe ir primero a planta baja, a la guardia.-
-Ok, darling – dijo la señora Blanchet- Pero me decís “señora Blanchet” una vez más y no trabajás ni en un hospital público, hija de puta-
Diamela Mercedes Martínez Durke de Blanchet, la mujer del vestido ajustado, es la madre de Pilar. Madre adoptiva y abandónica.
A los treinta y tres años, está en la plenitud de su carrera. Es actriz de televisión, horrible artista, pero el señor Blanchet, entre otros negocios tiene algunas inversiones en productoras de televisión. Hija de una antigua familia, de rancia alcurnia. Más que rancia, podrida y muerta. Esa familia que, como antaño, acostumbraba a casar a sus vástagas con hombres de dinero, para recuperar un poco de aquel brillo económico. Aunque, en este caso, era todo muy decadente. Los Durke fueron empresarios y dejaron de lado, progresivamente a lo largo de treinta o cuarenta años, la productividad para aprovechar la economía del mundo. Nunca se adaptaron y fueron transformándose, para su horror en integrantes de una triste clase media. En ese momento horrible de la transformación, las hijas, bellas mocosas malcriadas, se transformaron en sus empresas más provechosas a futuro.
Julia (a quien conocemos como Julieta, por esas cosas del mercado), la más grande, tomó nupcias con su representante de modelo. Luego de dos abortos, se dieron cuenta de qu ela pareja vendía bien en las revistas y formalizaron. La vida de Julia y el representante de modelos es igual que antes; ella, con sus muchachos fuertes y él... también. A veces, alegría matrimonial, concordia y belleza, comparten amantes. Unión marital feliz, sin duda alguna.
Diamela es una mujercita muy especial. Tonta y poco interesada en evitarlo, siempre supo que su culo y su apellido la sacarían adelante en cualquier circunstancia. En honor a la verdad, Diamela es hermosa y, sobre todo, simpática. Soberbia y estúpida, alegre y ajena. Supo de sus capacidades en el colegio secundario. Era el cuarto año de bachiller. Nunca había sido buena estudiante pero no se llevaba materias. El “Santísimo Corazón de las Hermanas de la Misericordia” era un colegio con enorme prestigio donde buena parte de la sociedad mandaba a sus hijos a estudiar ya que sabían (o ni siquiera eso) que en otro colegio cualquiera no podrían, ni remotamente, aprobar una materia o lograr confraternizar con sus compañeros. En ese ámbito de irrealidad, de idealización, Diamela se destacaba, por belleza y simpatía. Pero en sus dulces dieciséis se llevó Física a diciembre. Cualquiera podría pensar que no estudió, pero, conociendo al profesor, el licenciado Bucheta, lo más factible es que haya querido tenerla cerca, en una relativa situación de poder. Para satisfacer sus modestas perversiones. No es que el licenciado abusara de sus alumnas, sino que sentía una enorme excitación al verlas temerosas, trémulas y sudadas, a su merced, en una mesa de examen. No tenía la sangre ni el valor para agarrarlas y violarlas, ni la capacidad lírica, física o, siquiera, de ternura para seducirlas. Sólo se excitaba al verlas enfundadas en sus camisas translúcidas con sus pechos juveniles turgentes, rosados, duros; sus polleritas tableadas, verdes y marrones, cortitas a menos de la mitad del muslo. Pero lo que más lo excitaba eran esas medias blancas a la pantorrilla, lo provocaban más que las ligas de cualquier prostituta. Lo suyo era verlas y, con una rigidez digna de un nazi (y, casi, con la misma perversión), tomarles examen. Cuando daban la parte oral, se sentaba bien abajo del escritorio y tenía una erección que le reventaba los pantalones. Nunca se tocaba ya que sería muy evidente y provocaría una reacción directa de sus colegas de mesa. Pero en los pasillos del colegio todos comentaban que tenía orgasmos plácidos y largos.
En realidad sus facciones no se modificaban y nadie, nunca, pudo saberlo pero las alumnas solían dar lecciones extensísimas, que, generalmente, terminaban en una nota aprobatoria. No así los varones. Casualmente tenía los cuartos y quintos años sólo en esa escuela. Justo el momento en que las chicas son flores deliciosas, feroces contenedores de hormonas. Todo esto, Deamela y sus amigas lo sabían. Todas niñas hermosas que gustaban, aunque se horrorizaran sus padres, de comentarios lascivos e impúdicos, imaginarios.
Ya imaginarán la escena, Diamela sentada frente al hombre con su barriga líquida enorme y redonda como un planetario, sus labios finitos y rosados sobre los cuales un ridículo bigotito anchoa gris coronaba y resaltaba una piel lechosa y manchada que se extendía sobre su calva brillante, luego de pasar por unos ojitos vivaces y celestes, como agua de pileta. Durante largos cuarenta minutos, Diamela arrastraba dulcemente las palabras, con mohínes de niña inocente, notoriamente sobreactuados, pero con una tranquilidad admirable. No escasearon las sonrisas con esos labios de sangre y fruta acompañadas por piernas cruzadas alternativamente, mientras sostenía una rodilla con ambas manos apretando sus pechos rozagantes. El calor apretaba aquel veinte de diciembre por lo que la ropa se pegaba sobre el sudor del cuerpo. Si hubiera conocido a Newton, a Einstein o a los protones y neutrones, tal vez, nunca hubiese llegado a donde está hoy. Todos estos elementos le daban un cómodo cuatro pero en un momento, jugada magistral, pidió permiso para ir a buscar un pañuelo ya que las gotas de sudor corrían aceitosamente por su frente y su pecho. Regiones de su cuerpo que, previamente, habían sido untadas en aceite para bebé. Ese paseo triunfal por entre los bancos, de espaldas al tribunal, le hizo ganar un más que digno ocho. Así, Diamela aprendió una enorme lección, que la llevaría al estrellato y a estar, a los gritos, tratando de salvar a su hija de una sobredosis alcohólica.
El sol se derramaba sobre el piso marmolado y las paredes lustrosas, encegueciendo la visión del ventanal. Es decir, que parecía no tener fin, sino que era la luz del túnel. La enfermera, como de paso, clausuró esa visión beatífica. Las cortinas eran pesadas, blancas, pero gruesas como mantas. Todo quedó inundado de un sepia claro, aun la enfermera con su cofia blanca y su vestido, sus medias y zapatos altos, tan de fotografía, tan arquetípica, como al pasar cerró el cortinado con delicada firmeza.
Solamente, cuando ingresaba alguien o cuando egresaba (en este caso, tal afirmación suele implicar el adverbio “definitivamente”) había algún movimiento en los pasillos, pero nunca ruido. El silencio domina todo en los nosocomios (perdón por el término periodístico), en los sanatorios donde la enfermedad toma consistencia concreta y se pierde ese valor abstracto de la semántica. La enfermedad, como una señora vieja a la que no deberíamos molestar, se pasea por los pasillos, ansiosa por esperar a su hermana mayor. Aislamiento, silencio y ausencia de color, ¡bello prefacio de la muerte!. Tal vez, en otros sectores de esa lujosa clínica privada, con pisos pulidos, mármoles y reproducciones de paisajes sutiles y colores leves, reciban vida. Tal vez, sólo para objetivizar futuras muertes.
Las enfermeras medían y preparaban inyecciones y platitos con pastillas.
-¡Que la salven! ¡Pendeja de mierda!- de golpe, se escuchó un grito desencajado cuando el ascensor comenzó a abrirse- ¡No me va a cagar a mí! ¡Que la despierten, la revivan, qué se yo!. ¡No pago una fortuna para que me ensucie! ¿Dónde carajo hay un médico? ¡Mierda!-
Los gritos salían de una mujer enfundada en un vestido ajustado, que mostraba una figura deliciosamente fresca. Gesticulaba ampulosamente y, en su cara, un rictus similar a una sonrisa impostada. Tras de ella, un hombre enorme de traje negro y anteojos oscuros con una remera ajustada y brillante, cargaba a una chica de unos dieciséis años, linda, algo pesada y totalmente muerta. Ésa es Pilar, su madre y el guardaespaldas de ella, el “hombre pija”, como le dice la chica.
-¿Dónde mierda están los médicos, acá?. ¡Pero, che! Una fortuna en este hospital de mierda...-
-Señora Blanchet, no grite, por favor.- dijo con firmeza pero tranquila la enfermera jefa de piso, con esa voluntad y decisión que sólo tienen las enfermeras jefe.- Acá hay gente realmente grave. Debe ir primero a planta baja, a la guardia.-
-Ok, darling – dijo la señora Blanchet- Pero me decís “señora Blanchet” una vez más y no trabajás ni en un hospital público, hija de puta-
Diamela Mercedes Martínez Durke de Blanchet, la mujer del vestido ajustado, es la madre de Pilar. Madre adoptiva y abandónica.
A los treinta y tres años, está en la plenitud de su carrera. Es actriz de televisión, horrible artista, pero el señor Blanchet, entre otros negocios tiene algunas inversiones en productoras de televisión. Hija de una antigua familia, de rancia alcurnia. Más que rancia, podrida y muerta. Esa familia que, como antaño, acostumbraba a casar a sus vástagas con hombres de dinero, para recuperar un poco de aquel brillo económico. Aunque, en este caso, era todo muy decadente. Los Durke fueron empresarios y dejaron de lado, progresivamente a lo largo de treinta o cuarenta años, la productividad para aprovechar la economía del mundo. Nunca se adaptaron y fueron transformándose, para su horror en integrantes de una triste clase media. En ese momento horrible de la transformación, las hijas, bellas mocosas malcriadas, se transformaron en sus empresas más provechosas a futuro.
Julia (a quien conocemos como Julieta, por esas cosas del mercado), la más grande, tomó nupcias con su representante de modelo. Luego de dos abortos, se dieron cuenta de qu ela pareja vendía bien en las revistas y formalizaron. La vida de Julia y el representante de modelos es igual que antes; ella, con sus muchachos fuertes y él... también. A veces, alegría matrimonial, concordia y belleza, comparten amantes. Unión marital feliz, sin duda alguna.
Diamela es una mujercita muy especial. Tonta y poco interesada en evitarlo, siempre supo que su culo y su apellido la sacarían adelante en cualquier circunstancia. En honor a la verdad, Diamela es hermosa y, sobre todo, simpática. Soberbia y estúpida, alegre y ajena. Supo de sus capacidades en el colegio secundario. Era el cuarto año de bachiller. Nunca había sido buena estudiante pero no se llevaba materias. El “Santísimo Corazón de las Hermanas de la Misericordia” era un colegio con enorme prestigio donde buena parte de la sociedad mandaba a sus hijos a estudiar ya que sabían (o ni siquiera eso) que en otro colegio cualquiera no podrían, ni remotamente, aprobar una materia o lograr confraternizar con sus compañeros. En ese ámbito de irrealidad, de idealización, Diamela se destacaba, por belleza y simpatía. Pero en sus dulces dieciséis se llevó Física a diciembre. Cualquiera podría pensar que no estudió, pero, conociendo al profesor, el licenciado Bucheta, lo más factible es que haya querido tenerla cerca, en una relativa situación de poder. Para satisfacer sus modestas perversiones. No es que el licenciado abusara de sus alumnas, sino que sentía una enorme excitación al verlas temerosas, trémulas y sudadas, a su merced, en una mesa de examen. No tenía la sangre ni el valor para agarrarlas y violarlas, ni la capacidad lírica, física o, siquiera, de ternura para seducirlas. Sólo se excitaba al verlas enfundadas en sus camisas translúcidas con sus pechos juveniles turgentes, rosados, duros; sus polleritas tableadas, verdes y marrones, cortitas a menos de la mitad del muslo. Pero lo que más lo excitaba eran esas medias blancas a la pantorrilla, lo provocaban más que las ligas de cualquier prostituta. Lo suyo era verlas y, con una rigidez digna de un nazi (y, casi, con la misma perversión), tomarles examen. Cuando daban la parte oral, se sentaba bien abajo del escritorio y tenía una erección que le reventaba los pantalones. Nunca se tocaba ya que sería muy evidente y provocaría una reacción directa de sus colegas de mesa. Pero en los pasillos del colegio todos comentaban que tenía orgasmos plácidos y largos.
En realidad sus facciones no se modificaban y nadie, nunca, pudo saberlo pero las alumnas solían dar lecciones extensísimas, que, generalmente, terminaban en una nota aprobatoria. No así los varones. Casualmente tenía los cuartos y quintos años sólo en esa escuela. Justo el momento en que las chicas son flores deliciosas, feroces contenedores de hormonas. Todo esto, Deamela y sus amigas lo sabían. Todas niñas hermosas que gustaban, aunque se horrorizaran sus padres, de comentarios lascivos e impúdicos, imaginarios.
Ya imaginarán la escena, Diamela sentada frente al hombre con su barriga líquida enorme y redonda como un planetario, sus labios finitos y rosados sobre los cuales un ridículo bigotito anchoa gris coronaba y resaltaba una piel lechosa y manchada que se extendía sobre su calva brillante, luego de pasar por unos ojitos vivaces y celestes, como agua de pileta. Durante largos cuarenta minutos, Diamela arrastraba dulcemente las palabras, con mohínes de niña inocente, notoriamente sobreactuados, pero con una tranquilidad admirable. No escasearon las sonrisas con esos labios de sangre y fruta acompañadas por piernas cruzadas alternativamente, mientras sostenía una rodilla con ambas manos apretando sus pechos rozagantes. El calor apretaba aquel veinte de diciembre por lo que la ropa se pegaba sobre el sudor del cuerpo. Si hubiera conocido a Newton, a Einstein o a los protones y neutrones, tal vez, nunca hubiese llegado a donde está hoy. Todos estos elementos le daban un cómodo cuatro pero en un momento, jugada magistral, pidió permiso para ir a buscar un pañuelo ya que las gotas de sudor corrían aceitosamente por su frente y su pecho. Regiones de su cuerpo que, previamente, habían sido untadas en aceite para bebé. Ese paseo triunfal por entre los bancos, de espaldas al tribunal, le hizo ganar un más que digno ocho. Así, Diamela aprendió una enorme lección, que la llevaría al estrellato y a estar, a los gritos, tratando de salvar a su hija de una sobredosis alcohólica.

4 comentarios:
señor:
para las lectoras que lo seguimos, descuente ud, que hemos leido ese adelanto y creo que un par mas, pero no estoy segura.
en su momento alabe su historia y sobre todo el tema, facil de seguir y leer con interes.
como siempre un gusto, y saludos para toda su familia.
cassandra
a continuacion vendria lo de mama pierri?
salu=2
cassandra
Sí, por ahí, más o menos...
Todos somos rinocerontes.
La completud, esa imaginaria y freudiana invención para seguir vivos.
Llegará Pilar al paraíso? No sería la mujer crítica que es. Pero sería una gran sorpresa. Al purgatorio por lo que dice el autor parece que está llegando, pero, si no es la unión conyugal (y está claro que no lo es), cualquier propuesta de estar viva le producirá vómitos. Su esencia crítica hasta dónde le permitirá llegar?
Sigo atenta la historia, y otras historias.
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